Existen personas que dejan
huella, que marcan vidas, que son imposibles de olvidar. Con su mirada alegre y
caminar ligero, Valentín Rojas se puede decir que era ese tipo de persona.
Hombre cabal y sincero cuya
característica principal era la de parecer no temerle a nada, para el internarse
en la noche oscura, en los matorrales y quebradas a la medianoche, solo para cazar,
era algo normal. Con su linterna y su escopeta se aventuraba sin más; ni aún
los consejos de su vieja, ahuyentaban el espíritu aventurero de su alma.
Vivió poco, pero vivió pleno. La
música era su pasión desde que la descubrió en manos de su padre que era un
excelente ejecutante del Bandolín. Aprender a tocarlo también resulto muy fácil ya que llevaba la
melodía del campo y la sensibilidad a flor de piel.
Decir baile, decir fiesta, era
inevitablemente decir Valentín. Decir amigo, decir compadre, decir coraje era
decir Valentín. Porque así como era amigo de los amigos, no le temblaba el
pulso a la hora de defenderse ante quien sea. Era de estatura pequeña y de
corazón grande. Lo apodaban “jumo” por
ser tomador de aguardiente, y Valenticito de cariño por lo pequeño.
El nombre le vino justo. Nació un
14 de Febrero, y como antes los nombre eran puestos según el santoral del día,
a él le toco el nombre de Valentín. ¡Por eso soy tan enamorao! solía decir.
Llegar a conocerlo y que Valentín
lo considerara más que su sobrino, su amigo, era para Jorge quizás uno de sus
mayores tesoros. Desde pequeño Jorge lo Veía en sus andadas, cuando salían de
toque para alguna fiesta del pueblo con Natividad su otro hermano, que hacía de cuatrista.
Como queda grabada en el alma de un niño, cuando se le enseña a
amar con el ejemplo las costumbres y tradiciones de un pueblo. Jorge aprendió
de Valentín a sentirse venezolano, a sentirse parte de una familia, a ser tan
dichoso con las pequeñas cosas que nos depara la vida, y a ser echao pa´lante
cuando esta nos aprieta demás.
Jorge aprendió a tocar el cuatro,
por que al final eso se lleva en la sangre, y la oportunidad de ser su
compañero de aventuras le llego un poco más tarde, cuando ya Natividad no
estaba para acompañar a Valentín. Ahora lo poco que había aprendido desde niño, le tocaba afianzarlo aún más ahora con
su presencia directa. Se convirtió en su cuatrista. Le acompañó todas las
piezas que había aprendido a su vez de mi abuelo, y pudo llenarse con tantas anécdotas
y piezas musicales hermosas.
Hoy Valentín ya no está con
nosotros, de seguro andará de parranda con San Pedro, y enamorado quizás de alguna preciosa ángel; mientras tanto aquí
en la tierra, Jorge sigue sus pasos, divulgando su legado, y el orgullo de
sentirse parte de esta tierra. Tocando sus canciones con el mismo Bandolín que le
heredó, y que atesora más que a su vida.

